Aotearoa maorí; mitología – La Creación Mayo 4, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in Aotearoa Maorí.Tags: Aotearoa, cultura, maorí, mitología, Nueva Zelanda
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Bueno, empiezo hoy con la primera actualización “temática” sobre los maoríes, a petición de mi madre. Voy a intentar contar de una manera “cercana” un poco de la mitología y cultura maorí, que es muy muy interesante. Todo lo que escriba serán mis palabras, pero obviamente no me lo estoy inventando. Espero que resulte entretenido, o interesante, porque la verdad es que no he encontrado mucha información en castellano. Primera parte:
La Creación
“En el principio estaba Te Kore, la Nada, y de Te Kore vino Te Poo, la Noche. En esa impenetrable oscuridad, Rangi, el Padre del Cielo, yacía en los brazos de Papa, la Madre Tierra”.
Los dioses de Aotearoa son hijos directos de Rangi (Cielo) y Papa (Madre Tierra), lo cual puede servir de ejemplo para demostrar cómo la cultura maorí está ante todo asentada en el respeto a la naturaleza, su entorno. Estos dioses “habitaban” el estrecho espacio que había entre los cuerpos de sus padres, pero todos ellos anhelaban libertad, vientos silbando en lo alto de afiladas colinas y a través de profundos valles, y luz, luz para dar calor a sus pálidos cuerpos.
Así que se preguntaron qué hacer, necesitaban su propio espacio, necesitaban luz. En estas se encontraban los a la postre dioses del pueblo maorí, cuando uno de ellos, Taane-mahuta, padre de los bosques, de todas las cosas vivientes que aman la luz y la libertad, se puso en pie, y así permaneció durante mucho tiempo, más de lo que uno puede aguantar sin respirar. Aguantó de pie, silencioso e inmóvil, aunando toda su fuerza hasta que estuvo preparado. Entonces, apretó sus manos contra el cuerpo de su madre, reposando toda su fuerza en ellas, y con sus pies empujó hacia arriba tan fuerte como pudo el cuerpo de su padre; los cuerpos del cielo y la tierra se resistieron todo cuanto pudieron, sin intención de poner fin a su enlace, pero finalmente terminaron separándose forzosamente. “Fue el feroz empuje de Taane lo que separó el cielo de la tierra“, dice una antigüa creencia maorí; “Así que fueron separados, y la oscuridad se manifestó, como también lo hizo la luz“.
Mientras Rangi ascendía separándose cada vez más del cuerpo de su amada Papa, los vientos comenzaron a rugir furiosos y llenaron el espacio que se iba creando entre los dos amantes. Taane y sus hermanos permanecían expectantes ante todo lo que estaba pasando, contemplando por primera vez las curvas del cuerpo de su madre, la Tierra, y así fue como vieron aparecer desde los hombros de su madre, un plateado velo de niebla, su forma de expresar el lamento por su pareja recién perdida. A su vez, Rangi, desde las cada vez más lejanas alturas, empezó a llorar, y con rapidez sus lágrimas bañaron de lluvia el cuerpo de Papa, la Tierra, creando lagos y ríos que corrían entre las serpenteantes y onduladas curvas del cuerpo de Papa.
Taane, pese a haber sido el ejecutor de la forzosa separación de sus padres, los quería por igual, y necesitaba hacer algo por ellos para calmar la pena. Primero, quiso vestir el cuerpo de su madre con una belleza nunca antes soñada en el mundo de la oscuridad en el que habían permanecido hasta entonces. Hizo crecer a sus propios hijos, los árboles, y los liberó para que poblasen la tierra. Pero en esos primeros días, Taane, pese a ser un dios, era como un niño que adquiere inteligencia a través de las pruebas, los errores y los aciertos. Así que plantó los árboles al revés, dejando a sus inutilizadas raíces boca arriba, inmóviles y hambrientas, y sus copas enterradas bajo tierra, donde no había lugar para otros de sus hijos, como los pájaros e insectos. Ante esta visión, Taane desenterró uno de los gigantes kauris (árboles autóctonos y ligados fuertemente a la mitología) y sacudiéndole la tierra de su copa, volvió a enterrar sus raíces, y la brisa jugó con las hojas, cantando la canción del nuevo mundo que acababa de nacer.
De esta manera fue como la Tierra se cubrió de un precioso manto verde de vegetación, los pájaros cantando y volando entre los bosques, el mar bañando sus orillas, y los dioses trabajando cada uno en su tarea, bajo las sombras de los jardines sagrados de Taane. Solo uno de entre los setenta dioses abandonó el lecho de su madre para seguir el cami no de su padre; era Taawhiri-maatea, el dios de todos los vientos que azotan el espacio entre cielo y tierra.
Una vez que Taane había terminado de vestir a su madre, elevó los ojos hacia su padre, frío y gris, abandonado solo en el vasto espacio en el que reposaba, y sintió pena por su desolación. Cogió el brillante Sol y lo colocó en la espalda de Rangi, su padre, con la luna en frente suyo. Viajó por los diez cielos (aquí el mito se refiere a la palabra en inglés heaven, no sky, así que sería más como un paraíso que como un cielo, problemas de los idiomas) hasta que encontró unas ropas rojas brillantes con las que vestiría a su padre. Pero antes descansó, por siete días, y volvió al encuentro de su padre, para extender las prendas de este a oeste y de norte a sur a lo largo y ancho de todo el cielo. Una vez hecho, se dio cuenta de que no era suficiente para su padre y se lo arrancó del tirón, aunque una pequeña pieza permaneció sin que Taane se percatara, y esta prenda que cubre el cielo de colores rojizos aún puede ser vista hoy en día, cuando el sol aparece y desaparece por el horizonte.
Triste, Taane gritó para decirle a su padre que viajaría hasta los límites del espacio en busca de un regalo merecedor de su valor, y de alguna manera, en el silencio escuchó una respuesta. Así, viajó y atravesó el fin del mundo, y en la oscuridad alcanzó por fin la Gran Montaña de Maunganui, donde las Más Brillantes vivían. Ellas eran las hijas de Uru, hermano de Taane, y juntos las contemplaron jugar al pie la montaña.
Taane le pidió a su hermano que le diese algunas de esas preciosas luces brillantes para adornar el vacío manto del cielo. A la llamada de Uru, todas las estrellas se acercaron a los dos dioses, Taane las recogió todas con sus brazos y las metió en una cesta. Meticulosamente, Taane colocó cinco estrellas creando la forma de una cruz (la Southern Cross, constelación emblema que señala al sur, la equivalente a la Estrella Polar del hemisferio norte, y que aparece en las banderas de Australia y Nueva Zelanda) en el pecho de Rangi, su padre, y roció el oscuro cielo con las Hijas de la Luz, dándole por fin la ornamentación que según él, se merecía. La cesta con todas las estrellas aún cuelga del cielo, y es llamada por muchos la Vía Láctea, donde permanecen recogidas, a excepción de unas pocas veces en las que la cesta se tambalea, y las hijas de Uru caen, cruzando el cielo y bañando la tierra con su luz, por un instante. El resto del tiempo, permanecen inmóviles en la cesta, como luciérnagas adornando el oscuro cielo nocturno.
Los Oscar de Milford Sound 2008 Mayo 1, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.3 comments
Vida nueva en Milford.
Pasó la despedida y pasó el aplatane posterior. Ahora me queda por delante todo un invierno de vida cuasi ermitaña. Hoy empezamos mes nuevo, pasamos de Abril a Mayo, lo que quiere decir que oficialmente se terminó la temporada de verano, y empieza la de invierno. Ni Dios hoy en el trabajo; de un día a otro, nos quedamos solos, los cruceros reducen los viajes de diez a tres cada día, como buen ejemplo. Pero antes del cambio de temporada, tuvo lugar su respectiva fiesta, que ha sido como meterme en una película de instituto americano y asistir al baile de fin de curso. Los Oscar de Milford Sound 2008, de los cuales no gané ninguno (hay que decir que estaban todos amañados).
Las expectativas de todo el mundo para la fiesta (la llamaré Season Ball, que es su nombre) eran tremendas: gente llamando a sus casas a lo largo y ancho de todo el mundo pidiendo que les enviasen un vestido en concreto para la ocasión, preparativos, nervios…
En lo personal, estuve debatiéndome hasta el último momento entre ir con mi ropa normal y corriente o llevar un traje que me había confeccionado con bolsas de basura, pero resultaba demasiado extrafalario y tampoco quería llegar allí con una flecha luminosa encima de la cabeza, aunque luego me arrepintiese. La fiesta era en la terminal desde la que salen los barcos cada día, la cual habían convertido en salón de baile, con un par de dj’s y las típicas mesas con comida y bebida, todo gratis. Por las paredes, falsos Oscars gigantes de cartón y sandflys de mentira de dimensiones jurásicas. Además, como buena fiesta “casi” de instituto peliculero, cada oveja acompañada de su pareja, y todos adentro. Mi compañera “de baile” se llama Katie, es kiwi, y sin querer faltar a la verdad, era de las que más ojos atraían durante la noche. Las fotos, más adelante que la conexión está saturada. Fin de los cotilleos por hoy.
Volviendo al tema de la vestimenta, yo con mi camisa tailandesa y mis pantalones montañeros creía que iba a desentonar, pero ahora es cuando hablo de Max y su mujer japonesa. Max es uno de los “skippers”, que son los que manejan los barcos, y está como una regadera. Debe rondar los setenta pero es como un chaval, y ayer en la Ball apareció disfrazado de Bin Laden, acompañado por una persona pequeñita disfrazada de bote de Tabasco, su mujer. Por unanimidad se llevó el Oscar al mejor skipper de la temporada, y cuando lo recibió, lo primero que hizo fue arrancarle la cabeza de un mordisco para seguir bailando con su bote de Tabasco como si allí no hubiese pasado nada.
Pasaron los premios, el baile del Rey y Reina, y empezaron las despedidas; esto es una tras otra caramba. Pero ésta, a lo bestia. Ayer los locales de Milford Sound éramos unos doscientos o algo menos entre todas las empresas, un día después, los afortunados/locos (escójase al gusto) en quedarse durante el invierno, si llegamos a cincuenta ya es mucho. Lo cual quiere decir que las despedidas entre ayer por la noche y esta mañana fueron un no parar, gente a la que con casi toda seguridad nunca más vas a ver en tu vida pero que has estado compartiendo hasta los pelos del desagüe con ellos durante meses y meses, en un sitio como éste, que enharbola todos los sentidos y capacidades de recoger y ofrecer con los demás. La misma historia de siempre.
Con el cambio de mes, también se terminaba mi permiso de trabajo. ¿Me ha llegado el nuevo? No. ¿Sé si me lo han aprobado? Tampoco. ¿Peligro de que llamen para decir que no lo aprueban y que me largue? Muy poco.
Nieva al otro lado de la ventana.
La soledad aislada Abril 26, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.10 comments
Yo soy hijo único, de toda la vida, por lo menos hasta donde yo sé. Pero aún así, a la vez, siempre he tenido dos hermanos -hermana y hermano-.
Ella es la Cleo, una perra que creció conmigo, nació cuando yo tenía cinco años y se murió hace dos veranos con casi diecisiete; fue compañera de juegos, de carreras, de viajes… hasta de secretos.
Y él es mi primo Javi, que se ha ido hoy. Al final decidió que su camino le estaba llevando de vuelta a casa y no encaminándole a pasar el invierno surhemisférico compartiendo aislamiento y paisajes conmigo en Milford Sound. En el fondo siempre tuve claro que no se quedaría, el fantasma del trabajo en España estaba demasiado presente y es una buena oportunidad -esperemos- para que empiece a meter el cabezón en el mundo del baloncesto de las altas esferas. Pero eso no lo hace menos cabronada, porque es una cabronada primo, me dejas de repente más solo que la una, sobretodo por el “de repente”; hace dos días yo aún confiaba en que te quedarías y dos noches después vuelvo a tener el colchón doble para mí solo y la mini-habitación demasiado despejada. Me sobra colchón y me sobra habitación sin ti.
Una vez más vuelvo a pasarlo mal por culpa de una despedida, aunque hasta que no se fue creí que iba ser como si yo estuviese en Asturias y él se volviese a Madrid otro Septiembre más; pero no, es de las que duelen. Ahora es cuando me pongo a pensar que no hemos aprovechado lo suficiente el mes y medio que ha estado aquí, que me he portado demasiado mal con él.
Aunque pese a todo, creo que para él ha sido un viaje extraordinariamente distinto, y espero que cuando vayan pasando los años, lo valore todavía más; al menos he conseguido que deje de fumar, espero que le dure y la vida madrileña no haga mella de nuevo, que el viaje aquí haya sido en parte una cura en salud además de en moral. No sé si volveremos a coincidir antes de mi vuelta a casa dentro de un año, él dice que puede ser, pero no lo creo. Además he adelantado la fecha en la que tengo pensado abandonar Nueva Zelanda, por cuestiones sobre todo burocráticas que no viene a cuento explicar hoy, y como muy tarde en Septiembre empezaré otra etapa distinta del viaje, esta vez en Australia, aunque sin dejar de mirar de reojo a Nueva Zelanda por lo que pueda pasar, en muchos aspectos…
Te voy a echar de menos brother.
Y una cosa te cuento, esta es buena: a consecuencia de tu marcha, alguien me ha dicho “no estás solo”. Hasta aquí puedo leer.
Namárië, cabronazo.
Ese sandfly cabrón Abril 22, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.7 comments
No hay nada que se pueda hacer contra ellos, vaya por delante. Son los amos y señores de esta tierra, y a ellos les dedico esta entrada “informativa”.
Los mal-llamados sandflies son unos bichitos pequeñitos que vuelan y chupan sangre; algo más pequeños que los vampiros y algo más grandes que los mosquitos comunes. Mosquitos, a simple vista son mosquitos normales y corrientes, pero esconden muchos secretos que los diferencian de sus también incordiantes primos.
Existen trece especies diferentes de sandflies en Nueva Zelanda, todas pertenecientes a la misma familia, la de los Austrosimulium. Como insectos que son, al principio de su existencia son unas simples larvas, que se adhieren a las superficies de las rocas en las orillas de ríos o zonas húmedas, incluso debajo del agua misma. Una vez terminan de evolucionar y pasan de larva a pulpa y de ahí al insecto común, que una vez es adulto, mide unos 2.5mm de largo, tienen un tórax jorobado y son de color negro amoratado. Cuando están succionando la sangre de sus víctimas, dejan reposar las alas de manera que les da forma ovalada, como si fuesen un mini mini disco.
Ellas son las malas.
Solo las hembras chupan sangre, los machos son totalmente vegetarianos y apenas nada se sabe sobre sus hábitos. Ellas sin embargo, necesitan chupar sangre antes de poder poner los huevos, además de como rutina alimentaria, y cuando tienen hambre, pueden llegar a ser muy muy determinadas para conseguirla.
No se sabe cuanto tiempo llevan amargando la existencia a los seres vivos de estas islas (ni siquiera los pingüinos se escapan a sus picaduras), pero sin duda estaban aquí mucho antes que los seres humanos. Una leyenda maorí cuenta al respecto que cuando una de sus diosas contempló la belleza de la zona suroeste de la Isla Sur, lo que hoy es el Parque Nacional Fiordland -en donde vivo-, tuvo miedo de que a los humanos les gustase tanto como a ella y decidiesen quedarse a vivir, así que soltó millones de sandflies y mosquitos y los envió a que penetrasen por los fiordos e hiciesen de esa zona su territorio.
Muerden duro los sandflies. Al contrario que los mosquitos (que lo que hacen es chupar con su trompa como si fuese una jeringuilla), los sandflies emplean unos métodos más agresivos. Primero, te rompen la piel para tener un acceso más fácil a la sangre, a base de mordeduras pequeñas se van creando su camino y una vez encuentran su bebida milagrosa, comienzan a chupar. Al ser contacto directo, a la vez que chupan, segregan saliva, la cual contiene anticoagulantes que impiden a la mini herida recién abierta que empeice a cerrarse, facilitándoles la tarea y contribuyendo a que la “picadura” escueza aún más (a parte de los anticoagulantes, la saliva contiene otras sutancias llamadas “aglutininas” si no me equivoco, que preparan la sangre transformándola para el proceso de digestión en sus estómagos. Casi nada.
¿Y por qué les gustan tanto los seres humanos? Una razón podría ser que el resto de fauna ya lleva aquí millones de años, y nosotros somos una especie prácticamente nueva en estas tierras, menos de trescientos años. Los sandflies además se sienten atraídos por nuestros olores, y mucha de nuestra ropa.
Por lo tanto, esto es lo que hay que hacer para intentar evitar cuantas más picaduras posibles.
Lo primero, darse una ducha justo antes de salir a la calle, los sandflies se sienten atraídos por los olores “adulzados” que desprendemos al sudar. La elección de la ropa es importante; por una parte, cuanto más te tapes, más reduces el riesgo, y por la otra, evita tejidos brillantes o reflectantes, así como colores oscuros (especialmente el negro, rojo y el azul, sus colores preferidos). La zona preferida del cuerpo humano es de las rodillas hacia abajo, especialmente la zona del pie.
¿Y por qué pican tanto las picaduras? Básicamente, por las sustancias que tienen en su saliva y que entran en contacto con nuestra sangre mientras nos chupan (el proceso completo de mordiscos y chupar sangre les lleva casi dos minutos, por lo que la mayoría no viven para contarlo, aunque dejan su semilla del mal empezando a picar).
Para terminar, no son tan malos como podría parecer. En realidad son unos insectos que se adaptan a las necesidades de su víctima, y con el paso de los años desarrollan nuevas características que les permiten picar sin que la víctima se de ni cuenta. Por desgracia esto podría llevarles unos cuantos miles de años, así que a nuestra generación no le va a quedar más remedio que lidiar con ellos sin amistades posibles.
Pero algo se puede hacer, claro que sí. Los remedios más efectivos siempre han sido los caseros, así que siguiendo esta norma, en Nueva Zelanda hay una pequeña leyenda que dice que la mejor forma de evitar a cualquier sandfly, es ponerle al té una cucharadita de queroseno, y bebértelo antes de salir a una zona peligrosa. Otra manera menos agresiva para uno mismo es comprar una botella de whisky, esparcérsela gentilmente sobre brazos, piernas y cualquier zona que vaya a estar expuesta al riesgo, rebozar las zonas húmedas con arena y dejar que los sandflies se acerquen a morder. Al hacerlo, se emborrachan a consecuencia del whisky, y comenzarán a tirarse piedras (los granos de arena) entre ellos, dejando en paz a cualquier ser humano que pase por allí.
Mientras estos sandflies avanzan en su proceso de adaptación a las características del ser humano, no nos quedará otra que aplastarlos cada vez que los cacemos con las manos en la masa.
Namárië.
Actualización estática Abril 21, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.3 comments
Llueve en Milford como si alguien cobrase por darle al botón de la lluvia.
- Pasaporte: hecho, a tiempo.
- Permiso de trabajo: no debería tardar más de semana y media; si no, problemas y hasta la vista Aotearoa.
- Trabajo en Milford: en progresión ascendente de diversión y tranquilidad, ya casi no viene gente, la temporada alta se termina a finales de mes y el mal tiempo empieza a aislarnos del resto del mundo.
- Lugareños: no hay quejas, estrechando lazos.
- Problemas: nos han quitado el canal de películas para ahorrar, parece ser que los cuatro gatos que nos quedamos en el invierno no contamos nada. He propuesto hacer una huelga, sin tonterías, y de momento tengo algunos -pocos- apoyos; esto dará que hablar.
- El primo: le tira lo de volverse a España, está a la espera de que le contesten del trabajo que estaba esperando para el inminente (allí) verano, y parece ser que su estancia en Nueva Zelanda va a ser más bien corta. Justo ahora que ya había conseguido un trabajo (fregar platos es divertido) para él en Milford. Ahora mismo está en Queenstown, aunque ya estuvo dos días por CristoIglesia ojeando lo que se cuece por esa orilla del Pacífico. Esperamos noticias en las próximas horas.
Actualización cortita y directa, a ver si ahora van a empezar a cobrarnos por internet también.
Namárië.
Sonrisa eterna Abril 13, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.7 comments
Interacción y feedback con el entorno, total.
Pocas novedades de emoción. Mañana empiezo días libres por fin y nos vamos (sí, Javi sigue aquí) a Queenstown, intentaremos encontrar sitio en alguna avioneta a primera hora de la mañana, y si no vuelta a la cama y por la tarde nos tocará el suplicio del autobús turístico.
El tema más inminente ahora mismo es el del visado/pasaporte. La situación ya la expliqué en la última actualización, y de momento sigo igual pero cada vez con menos días de plazo -trece nada más, y bajando. Mañana en la embajada me darán una respuesta y me dirán si mi pasaporte va a llegar a tiempo (aunque hace unos días me dijeron que sería difícil), y si no, tendré que ponerme un poco tenso para pedirles algún tipo de salvoconducto o certificado que me permita quedarme en el país mientras terminan de marear la perdiz con mi pasaporte en España, porque sin el pasaporte, tampoco puedo salir del país, así que tengo que tirar del hilo de ese vacío legal y cruzar los dedos para que la buena suerte no me abandone, sería un mal momento.
Y seré breve. Así que para terminar, Sonrisa Eterna es el nombre que me dio hoy Alana, acompañado de un cuadro de piedras y arena de playas neocelandesas (volcánica y normal). No he hecho tantos méritos como Kevin Costner en “Bailando con Lobos” para ganarse un nombre indio, pero me gusta el nombre que me ha puesto, y se traduce en que sin duda, aquí estoy en mi lugar.
Namárië.
Cosas graciosas Abril 10, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.16 comments
Estas son cosas graciosas, de las que te hacen levantar el labio y reírte mientras comprendes bien lo que está pasando; con un trasfondo cachondo de doble filo, ya que si le das la vuelta se convierte en una mala broma.
Una de estas cosas es el asunto de mi pasaporte y el nuevo permiso de trabajo, que mañana intentaré averiguar si sigue avanzando, o me toca hacer las maletas para esconderme en los matorrales.
Otra es la multa que nos pusieron el primer día de vacaciones. La cual pusimos en la guantera, en mi mochila, en la de Javi, en la de Raúl, en la guantera otra vez, con los demás folletos, en mi libreta, encima de la cama con los folletos deshechados por Raúl, en la maleta de Javi… y nos olvidamos de ella. Como todas las cosas que existen, tenía fecha de caducidad, y hoy era ese día. El chiste sigue con la desaparición del papelito, que no aparecía por ninguna parte pero en nuestras mentes (más en la de Javi que en la mía) estaba grabado el plazo de veintiocho días como límite para pagar; con suspense, esta tarde mientras pasaba el aspirador en el Café, mi primo se asomó a la puerta y pegó la multa contra el cristal como diciendo con satisfacción: “la tengo, estás salvado”. Pero no estaba salvado, los malos augurios empezaron cuando le mostré la multa a Alana y me dijo que llamase corriendo para decir que si podía ampliar el plazo, porque si no me metería en problemas y me llevarían a juicio. Suspense; incluso en la Policía deciden irse a casa a las cuatro y media, y solamente una amable voz electrónica me contestó. Por lo que esa voz me contó, no se andan con chiquitas aquí, y además de ampliar la cuantía de la multa si no la pagas a tiempo (cada semana de retraso va subiendo), pasan tu caso directamente a las “Cortes de Justicia”, que “procederán a solicitarte tu presencia y te podrán mantener retenido mientras tu caso se resuelve”. Ostia tú.
Un paréntesis de aire fresco, y un final feliz. Sobre la campana, como siempre, pude pagarla por internet. Estuve pensando hasta el final en no pagarla ya que mi nombre estaba mal escrito, con una “h” intercalada que yo no tengo, pero valorando lo justo que me estoy librando aquí de meterme en problemas por asuntos burocráticos, decidí no tentar más a la suerte -por ahora- y pagar religiosamente veinte minutos antes de que terminase el plazo y se encendiese una luz roja con mi nombre en alguna oficina oscura con localización secreta y licencia para perseguir y extorsoniar.
Dan las tres de la mañana y quedan poco más de seis horas para que me esperen en el trabajo. Las montañas siguen en su sitio, de momento no me aprietan para hacerme salir de aquí, ni el fantasma de la deportación me hará irme. Y por lo visto al primo tampoco, yo aviso cuando digo que se le coge gusto a la vida de Milford, te engancha y…
El que vino, se va Abril 5, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.9 comments
Con la brevedad del momento diré que:
- la vuelta al trabajo tras las largas vacaciones ha sido dura, especialmente estando los dos primeros días fregando platos. Esperaba ingenuamente cada día que a mi vuelta a casa mi primo me hubiese preparado la cena o algo por el estilo, pero solo lo pensaba ingenuamente.
- El mismo primo, que es el único que tengo aquí, ha decidido irse de Milford en busca de un curso gurú de inglés que le solucione las diferencias lingüísticas en quince días; va a estar difícil. Hizo la entrevista, está en espera, pero hasta finales de mes no van a decidir si le cogen o no, para trabajar en los barcos. Como hasta esa fecha quedan tres semanas largas, dice que va a probar suerte con lo del inglés más allá de Milford. Yo intento retenerle con lazos dulces, explicándole que aquí tiene mi libro con ejercicios en inglés, películas en inglés y gente que habla en inglés, que al fin y al cabo es la mejor manera de aprender un idioma, hablando con la gente; la experiencia me ha dejado claro, al menos a mí, que los cursos no sirven para que aprendas a desenvolverte en un idioma, solo para controlar la gramática, al escribir, que a la hora de la verdad en la vida real, no ayuda mucho. Pero mi Edén y yo le deseamos suerte, y como tarde nos veremos por su cumpleaños el 3 de Mayo me imagino, así que no será duro.
- Y la noticia bomba de la semana. No, no es que me vaya a casar. A vueltas con el fantasma de la inmigración. El día treinta se termina mi permiso, a la vez que el contrato. Mi pasaporte tiene unos siete meses hasta la fecha en que expira, y como para pedir el permiso de trabajo necesito que el pasaporte tenga validez hasta tres meses más tarde de la fecha en la que se termina el futuro permiso, no tengo suficientes meses en el pasaporte. Así que mandé todo lo necesario incluído el pasaporte al Consulado de Sydney ya que en Nueva Zelanda no tenemos, y ante la ausencia de respuesta me decidí a llamarles hace dos días. Las noticias que me dieron es lo que hacen de todo esto algo aún más emocionante: para poder renovar el pasaporte, éste ha de tener menos de seis meses de validez. En el Consulado enviaron la solicitud con mi pasaporte viejo a España, porque solo se pueden hacer los pasaportes electrónicos allí, pero recibieron una negativa por respuesta, por culpa de los seis meses. De momento todo sigue en España, y en el Consulado ya saben que lo necesito para el tema del permiso, así que me hicieron saber que seguramente ahora no pondrían problemas, y que en aproximadamente una semana tendrían el nuevo ya disponible para enviármelo, lo que lleva unos dos o tres días hasta que lo recibo en el Edén. Para rematar la jugada, el jefe -Penneke- me preguntó hace unos días por el asunto, y me avisó de que si hacia el veinte o veintipocos de este mes no tengo el nuevo pasaporte, tengo que dejar el país porque no me daría tiempo a hacer la solicitud del permiso nuevo. Chan chan chan chan.
Hoy hablando de esto con mi primo yo le dije que tampoco iban a venir los de Inmigración a buscarme al día siguiente de que mi permiso actual expirara, que no iban a estar pendientes de cada persona para saber si dejan el país, se quedan, o lo renuevan, pero como él bien me di jo, hace dos semanas me enviaron un mensaje al móvil avisándome de que me quedaba un mes de permiso, así que coge fuerza la versión de los agentes de Inmigración implacables, vestidos de negro, sin identidad, y dispuestos a lo que sea.
Por lo demás, Milford Sound sigue igual de majestuoso que siempre. Ayer Javi conoció por fin la cascada Lady Bowenfall, pese a sus reticencias (sí cabroncete, sí, no lo niegues que te tuve que llevar a rastras) y flipó, coincidió que estuvo todo el día lloviendo fuerte como a mí me gusta, y la cascada llevaba un volumen de agua increíble.
La nota macabra del día, una conversación amena en la cocina del Café con una de las camareras del Bar, en la que me descubrió la leyenda de que el fantasma de Lady Bowenfall (la de la cascada) vive y se manifiesta regularmente en el albergue para montañeros que tenemos al lado; y como colofón, el relato del suicidio el año pasado de un chico francés que trabajaba aquí, el cual se fue al Café a por un espresso, volvió a la habitación para hacer su maleta, se fue al baño, y capúm. En una habitación del mismo pasillo en el que está la mía.
Buen rollo, ya no soy capaz de ir al baño por la noche sin correr.
Namárië.
Mini fin de las vacaciones Marzo 31, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.7 comments
Plis plas, se acabó el viaje, que no por ello lo bueno. Tanto hablar de etapas me siento como un ciclista, pero hoy ha empezado una -más- nueva, de las más significativas desde que estoy aquí.
Los dos últimos días de viaje fueron de relajación frente al no parar de los quince días anteriores. Me desprendí del coche, aunque pensábamos que no sería fácil. Un error logístico a la hora de alquilarlo se tradujo en que el contrato reflejaba que el coche debía ser devuelto en Auckland, y no en Christchurch. Pero mi primo y yo jugamos la baza del turista despistado y no pasó nada, incluso nos pusieron una furgoneta gratis de vuelta a la ciudad. Seguro que se arrepintieron al ver lo sucio que quedó el carro por dentro.
El primer día en CristoIglesia Paula nos sometió a un chantaje emocional intenso para que aceptásemos ir a un zoo, que supuestamente no era zoo si no reserva natural, para poder ver alpacas y kiwis de cerca. Las primeras no las vimos, pero sí al animal neocelandés por excelencia, único de estas islas, aunque hacía falta tener ojos de gato para ver en la oscuridad, ya que al ser un animal nocturno los tienen metidos en una casa a oscuras. Pese a mis reticencias obviamente al final consiguieron convencerme para entrar, además Paula nos pagó la entrada, y ella no acepta discusión ninguna.
No me gustan los zoos y lo de Christchurch pese a ser algo más “natural” no dejaba de serlo. Desde wallabies o avestruces hasta monos y llamas, jaulas y casitas- jaulas al fin y al cabo. A mí me entristece mucho verles ahí, por eso prefiero no acercarme a este tipo de sitios, algunos pueden tener su función como reservas en las que críar especies amenazadas, pero son pocas las excepciones; los demás, lo único que hacen con los animales es sacar provecho de ellos. En el sitio este de Christchurch, te vendían la parte animal, y la parte humana, en la que los expuestos no eran animales sino maoríes; como comentamos Raúl y yo, al menos éstos últimos lo hacen porque quieren y cobran por ello.
He decidido dejar el resto de anécdotas de los dos últimos días del viaje para la actualización atemporal que va a ser como un collage, recogiendo momentos que se me hayan ido olvidando durante las vacaciones. Así que paso página.
Ya estamos en Milford, Javi y yo, mano a mano. Ayer llegamos, y cuando me paso por el trabajo para dar los buenos días y mirar mi turno para el día siguiente, resulta que aún me quedan cuatro días más de vacaciones porque la jefa se lo organizó mal y me mantuvo los días como si no me hubiese ido de vacaciones. Además, me encuentro con que aún tengo por cobrar cinco días con los que no contaba, y tres días más por las vacaciones que me corresponderían, que aunque me haya pillado veinte libres del tirón, parece ser que no importa; yo digo a todo que sí no se vayan a arrepentir.
Ahora a la espera de que el señor Penneke responda con buenas noticias para Javito, mientras tanto, a descansar de las vacaciones.
Y el último párrafo para Raúl y Paula, que ya estan de vuelta en el país del jamón (punto importante que se queda en el tintero de momento, el del mono de jamón y las maravillosas consecuencias que trajo). Espero que el viaje haya sido algo ha recordar durante mucho tiempo, que haya hecho justicia a las ganas que teníais de venir. Yo -pese a que me habéis tenido esclavizado al volante- me lo he pasado en grande. Gracias por venir.
Rugidos de naturaleza Marzo 25, 2008
Posted by Nicolás Cuervo González in General.5 comments
Esto corre que se mata (el tiempo), y casi sin darme cuenta se nos han terminado las vacaciones; coincidiendo con el mismo día en el que los visitantes se vuelven, es también mi sexto cumplemeses aquí en Nueva Zelanda, y parecía ayer cuando escribía las primeras sensaciones o cumplía el primer mes boca abajo. A este ritmo vertiginoso voy a llegar al punto en el que se te cambian los polos y casi ni me habré dado cuenta, porque si a día de hoy me dicen que me tengo que volver y dejar las islas, me iría con sensación de dejarlo todo cogido por los pelos; disfrutado y muy vivido, pero no lo suficiente aún.
En lo que atañe al viaje, en estos cuatro días hemos bajado el ritmo, lo cual agradezco ya que no me paso tanto tiempo conduciendo, que aquí doscientos kilómetros fatigan tres veces más de lo que sería normal (aunque, ¿qué sería lo normal?). Nos habíamos quedado en Queenstown, donde tuvimos que pasar la noche separados porque el “Benidorm neocelandés” estaba a reventar de gente por las fiestas de Pascua, a lo que se le juntó la celebración de un importante partido de rugby, que aquí mueve montañas, mareas y volcanes. Pero toda esa stuación la explicó bastante bien mi primo en su blog y en su día, así que a continuación, al día siguiente, tras callejear un poco y desayunar una extraordinaria hamburguesa Fergburguer enrutamos hacia Milford, donde nos esperaba Jorg Penneker con la mala noticia de que en estos momentos no tenía ningún trabajo para mi primo.
En mi mansión fiordera pasamos una noche. Aunque la tarde que llegamos allí nos la pasamos jugando al póker en el cuarto de las lavadoras, aprovechando que allí podíamos lavar gratis, pero aún nos quedó tiempo para que Raúl se enamorase perdidamente de mi cocina, fotografiando todos sus rincones y atacando con lujuria controlada una de las muchas tarrinas gigantes de helado, en concreto el de hokey pokey, un sabor made in New Zealand. Fue un momento del que yo creo que tardará en olvidarse, verse rodeado de kilos y kilos de comida gratis, de todos los tipos y con sacos de especias, garrafas de sustancias y aceites, neveras llenas de carne y congeladores llenos de helado y falafel; siropes y salsas, cereales y mueslis, comida enlatada y latas de conserva, desde solomillos a entrecots, apilados por docenas, frutas y verduras, lácteos y batidos; yo al menos le veía como a cualquiera de los niños que pudiesen entrar en la fábrica de Willy Wonka, solamente le faltaba rebozarse en sirope de arce.
Tras una noche en la que cuatro compartimos una habitación individual pero con cama doble, y un desayuno al gusto del consumidor, nos metimos al crucero, que a gentileza de la empresa no solo me salió gratis a mí, si no a todos. Aunque no hubo nada nuevo (cuando ya lo haces por quinta vez, es bastante redundante volver a contarlo, las cascadas siguen en su sitio, aunque esta vez no vimos delfines para tristeza especialmente de Paula). Antes de irnos de Milford volví a hablar con Penneke (me encanta su apellido, aunque la gente allí le llama Jorgi, pronunciado Yorgui, que ya no me encanta tanto) sobre el tema “primo”, y le dejamos el curriculum; de momento no tiene nada, eso ya nos lo había dicho, pero me confesó que en unos días seguramente la cosa cambiaría, que fuésemos pacientes porque probablemente algo surgiría; y yo confío, Javi no tanto, pero yo creo que algo va a encontrar Penneke para él, aunque sea empezando con el estropajo. Confía Javi, confía, que vamos a vivir juntos en el Edén, yo estoy seguro.
La noche en Milford fue rara, los cuatro comprimidos en esa caja de cerillas que es mi habitación, dos en cama y dos en el suelo, así que decidimos dormir bien la noche siguiente para descansar y recuperar fuerzas. Pero terminamos saliendo tarde de Milford, porque se está muy agustito allí, y porque somos -algunos más que otros- lentos por naturaleza, y cuando llegamos a Te Anau, apenas encontramos sitios en los que quedarnos. Hasta que entró en juego una vez más la señorita fortuna, que gira y gira y gira en su rueda, y cuando se para nos regala experiencias únicas. Esta vez el premio coincidió en permitirnos pasar la noche no en una buena habitación con vistas al lago y baño incluido, sino en una caravana anclada en un rincón del jardín, pintada de rosa y azul y con un estilo kirsch que a alguno nos enamoró a primera vista. Todo el encanto que desprendía se tradujo para bien en el factor económico, y nos salió casi regalada, seguramente por el frío que se te metía en los huesos por la noche traspasando mantas, sudaderas y hasta camisetas térmicas. Pero era monísima.
Una vez sitos en Te Anau, lo único que nos quedaba por recorrer de Nueva Zelanda en la ruta de nuestro viaje era la costa este de la Isla Sur, donde lo más destacado es la zona sur de la misma, lo que se llama Las Catlins. Mi jefa Alana me había recomendado que si podíamos dedicarle a la zona cuatro días mejor que tres, y dos mejor que uno, que son los que nos cuadraban. El primer punto redondeado en el mapa era la zona de Curio Bay, atractiva
principalmente porque posee todo un bosque de fósiles con ciento ochenta millones de años de antigüedad, que ahí es nada. Troncos enteros de árboles fosilizados en el suelo y tocones desde la raíz, un paraíso geológico y ancestral para todo aquel que disfrute con ello. Se hace un poco complicado comprender cómo puede ser que ahí no esté el trozo de madera original cuando le estoy viendo hasta las vetas, pero para eso llevamos un ramireño geólogo en el grupo que disfruta a la hora de explicar y compartir su sabiduría.
En esta última parte del viaje ya no estamos teniendo tanta suerte con el tiempo, y el frío y mal tiempo que presagié por fin han aparecido, que como todo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como que se hace mucho más difícil que un baño en el mar
sea apetecible y tarea fácil. Este “mal” tiempo unido a la geografía concreta de las Catlins me transportan por momentos de vuelta a los abruptos acantilados asturianos, y es que el parecido es obvio. Ya lo he dicho más veces, hay que salir de casa para darse cuenta de lo que se tiene, y esto aplicado al concepto de los paisajes, coloca a Asturias en primera página mundial, al menos de lo que yo tengo catado hasta el momento. Las diferencias que hay entre la costa de las Catlins y la costa asturiana de Llanes a Ribadesella, radica en la presencia y ausencia de focas, leones y elefantes de mar y pingüinos, entre otras aves de vuelo más ligero.
Parada nocturna en Owaka, donde por fin todos coincidimos en que llegó la hora de pagar menos a la hora de dormir y me convierto en Aquel Que Nunca Estuvo Aquí, compartiendo una cama doble y otra más pequeña, todo ello después de ver en la tele King Kong, la primera vez que la ponen en abierto en su país, es todo un hecho histórico; yo estuve ahí.
Con la pantomima preparada por la mañana en caso de que el dueño llegase y me volviese a encontrar, salimos temprano para terminar en lo que quedaba de día la ruta de las Catlins y buscar un buen albergue en una población con más de doscientos habitantes desde Queenstown, obviando Te Anau, que de todas formas no debe sobrepasar los dos mil. En nuestra mini ruta de destinos obligados nos quedaba solamente Nugget Point, que viene a
ser un faro y sus alrededores, donde las rocas recogen en su forma lo abrupto de las inclemencias marinas a lo largo de los años; de ahí le viene el nombre, ya que las rocas se asemejan al aspecto que tienen los trozos de oro que se podían encontrar no hace mucho casi en cualquier río neocelandés (trozos de oro a los que llamaban “nugget” por su forma rugosa). El sitio es maravilloso, y seguro que la niebla cubriéndolo en parte y el viento que mete hacia la tierra el olor de la mar, contribuyeron a que la visión resultase tan gratificante. Desde el mirado que hay junto al faro pueden verse las famosas rocas que le dan su nombre al lugar, las cuales no estamos seguros de si son famosas en la gran pantalla o son solo imaginaciones dementes, pero sea como sea, son espectaculares y a buen seguro que también han servido como cuchillas contra los cascos de muchos barcos en noches tormentosas en las que no existiese tal lucero nocturno.
Y ya casi terminando, cuando nos íbamos definitivamente de las Catlins nos encontramos con la mejor oportunidad para poder sacar fotos de cerca a alguna foca, o en este caso un león marino, que descansaba tranquilo en la arena. Fotos propias del National Geographic, en contacto directo con la fauna. Un pequeño susto cuando al señor león marino le dio por levantarse y rugir, pero nada más.
Y si nada cambia, ese encuentro marca el fin de la parte salvaje del viaje. Ahora ya estamos en Dunedin, ciudad de ascendencia escocesa y a un día de viaje de Christchurch, donde tenemos que devolver el coche dentro de un día y medio. La próxima actualización, recortes de olvidos de todo el viaje.




